15 de febrero de 2019

Salto

El salto al vacío lo hice en época entre eclipses, un pequeño segmento del día-a-día que puso comienzo y fin, barreras que apuren la decisión de saltar, dejando en el piso del acantilado, bien al borde, todas las opiniones, dedos índices, mordeduras de labios, apertura de ojos, cejas que se arquean, sociedades, culturas, padres, leyes, saturnos, deberes que, caminos estipulados, y saltando sola; una cabeza perturbada, un estómago con miedo, piernas temblorosas y espalda vacía saltando conmigo. El fin del salto aún no está determinado, no hay una cruz en el piso (o el agua) en donde tenga que caer. Tampoco sé el tiempo que lleva caer desde el acantilado al piso (o el agua), pero lo siento lento, muy lento.
Mejor. Tengo más tiempo para pensar en dónde caer. O tengo más tiempo para darle vueltas al asunto y arrepentirme y volver al borde del acantilado (¿la gravedad no rige?). O tengo más tiempo para darme cuenta que pensando no llego a nada más que perder el tiempo. O tengo más tiempo para disfrutar de la caída y ver el horizonte, el piso (o el agua), el sol y la luna, y que esa lentitud me genere placer, no nervios.
¿Sigo teniendo tiempo para irme por las ramas antes de caer en el piso (o el agua) y que entonces mi espalda vuelva a jorobarse y la frente a arrugarse? Porque me gustaría fantasear un poco más.