Lo miraba y sabía.
Sabía varias cosas: que le gustaba el café con leche de almendras como a ella
que sabía contar sin usar los dedos
que sabía dar besos en los lugares que están fuera del alcance, como los mosquitos que pican en los lugares más incómodos.
Sabía que era ajeno al mundo y que prefería quedarse dentro-de-sí.
Sabía que quererlo no era contarle infinitas veces la misma anécdota sin terminar.
Él también sabía que ella sentía el caminar de a dos como una experiencia trascendental
que para ella estar adentro es estar demasiado quieto
que las uñas no nacieron para estar prolijas
y que para ganar el ajedrez ella mentía como si estuviera jugando al póquer.
Sabía que la economía era su punto fuerte, y en ocasiones, el débil.
Sabía que quererla era olvidarse siempre de su gusto favorito de helado.
No sentían lo mismo, porque eran diferentes.
Ella sentía rojo cuando él sentía cuatro.
Él sentía F.R.I.E.N.D.S., mientras que ella cielos.
Así y todo, esta mutua incomprensión y total desencuentro,
hacía que coincidieran en algo:
ambos sabían.
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